Sentada en la escalera de aquella vieja calle por la que un día te vi pasar, esperé la llegada de tu sombra.

El reloj marcaba las horas como si fuesen segundos, mientras mi alma seguía soñando con la silueta de tu mirada.

Mi cuerpo se helaba, bajo aquel día gris.

Mi corazón suspiraba entre los destellos del amanecer

Mi alma recordaba aquella primera vez, sonriendo entre los acordes de tu voz.

Y poco a poco, las sombras de tu piel impregnaban el iris de mis ojos, donde quedaron tatuadas desde aquel amanecer.

Los minutos corrían sin parar, las horas se diluían entre mis anhelos, otro día más se te olvido regresar a la calle de mi vida ...

Maria Glez Méndez

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